“Y no quiero creer que todo esto haya sido sólo un sueño”





Hay veces en que me despierto sobresaltado -no lo niego- creyendo que esta sensación de haber estado encerrado en mi propia casa por largo tiempo, que la angustia de enterarme que murieron más de 700 personas en un solo día en el país de mis ancestros, y el vértigo de saber que en cada rincón del planeta están corriendo contra reloj para encontrar el preciado remedio; es por una película de ciencia ficción que seguí escuchando entresueños. Pero cuando reviso mi celular, me encuentro con el video de un médico pidiendo con lágrimas en sus ojos que no salgamos a la calle si no es absolutamente necesario, con varios de esos ingeniosos memes de algo llamado “coronavirus”, y con la noticia de “son más los detenidos por transgredir la cuarentena que el número de infectados”; caigo forzosamente en la cuenta de que no se trataba de ningún estreno del director más apocalíptico, ni de un documental de la peste que en la Edad Media asedió al continente viejo.

Y quiero despertar de esta pesadilla, y no puedo. Y me quiero volver a dormir, y no puedo…

Algunos hablan de “castigo divino”, y hasta citan pasajes de la Biblia que lo profetizaba hace siglos, ¿y por qué no nos lo advirtieron? Otros lo adjudican a una conspiración de las súper potencias, pero me niego a aceptarlo pensando: “¿Serán tan perversos como para permitir que se cobre víctimas en su propio suelo?”. Y las teorías científicas postulan que su origen estuvo en una extraña mutación que involucra a serpientes y murciélagos, pero no explican demasiado cómo pasó a nosotros su veneno.

Y ya quiero despertar de esta pesadilla, y no puedo. Y quiero volver a dormirme de una vez, pero no puedo…

Ahora se saturan las redes porque muchas personas al mismo tiempo están visitándose virtualmente para que el encierro no duela tanto, no dure tanto. Y la abuela aprende de videollamadas, de “hashtags” y de “zoom”. Por fin se piensa en quienes no pueden cumplir con la obligación de permanecer bajo techo, porque la calle es su paradero. Entonces el obispo y el intendente se reúnen con la señora sin título que conoce bien a “esa gente” y su vulnerable contexto. Y la música nuevamente se valora, porque habíamos olvidado que su magia es jugar con el tiempo. Y los más prójimos se ponen de acuerdo, y salen a los patios y balcones para cantarle, a la hora pautada, el “feliz cumpleaños” al vecinito que no tuvo festejo. ¡Ah!, también para asomarse a las nueve, y aplaudir de pie a quienes no les importa contagiarse con tal de salvar a un abuelo. Y, “faltaba más”, ofrecerse para hacerle los mandados a los jubilados del tercero.

Y descubrimos que el agua es clara, que los pájaros cantan, y que los animales que llamamos “salvajes” nos tienen miedo. Y volvimos a sentir lo que de grandes reemplazamos por dinero: estas tremendas ganas de abrazarte en un instante eterno, este deseo de volver a mirarte a los ojos, porque ya se me olvidó su color verdadero; el desahogo del “perdón, no era nada”; “te extrañé, compañero”; “poné la pava que ahí paso”; “dale, me quedo en casa, que te espero”.

Y por nada quiero que me despierten. Y no quiero, no quiero creer que todo esto haya sido sólo un sueño…

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